Historias del Concilio pretende dejar testimonio de veinte años de dados y rol.

En 1991 compré mi primer juego de rol. Fue El Señor de los Anillos, el juego de rol de la Tierra Media, traducido, publicado y distribuido en septiembre de 1989 por la editorial barcelonesa Joc Internacional. Era un libro de “tapa dura” con una ilustración de Angus McBride en la portada. Desde entonces y hasta hoy han pasado por mis manos literalmente docenas de manuales y entre mis amigos y yo hemos hecho rodar, literalmente, decenas de miles de dados de múltiples caras.

En 2011 hizo veinte años de nuestra primera partida y, puesto que ahora apenas si tenemos la oportunidad de quedar un par de veces al año, decidí embarcarme en el proyecto de rescatar algunas de las historias que durante este tiempo he compartido con ellos para, tras darles un formato digno, compartirlas con quien quiera leerlas. Me he propuesto publicar una aventura o módulo cada trimestre alternándolos con otras entradas sobre mi pasado, y escaso presente, como jugador y director de juego. Algunos de los módulos serán algo viejunos. Los hay bastante elaborados y otros muy sencillos. Más largos y completos o meras escenas, casi eventos para una partida rápida. Si alguien se reconoce en una de estas historias, gracias por haberlas jugado conmigo y bienvenido.

22 septiembre 2014

Hijos del Dios Sol - Más Allá de la Ciudad Sagrada - Los Thamaykachay

LOS THAMAYKACHAY
Su número crece día a día pero son más las diferencias que los separan que aquello que les une. Los otros, como se les conoce popularmente, son un colectivo dispar de individuos de miles de especies diferentes. Según los antiguos en los primeros días del joven hubo muchas más pero algunas han ido desapareciendo incapaces de fecundar nuevas generaciones. Algunas culturas los consideran los culpables de la ira de Inti, los hijos de las esposas que traicionaron al Dios Sol, las criaturas blasfemas nacidas de la impudicia.
 
Muchos de los thamaykachay erran por el mundo sin un hogar. Son nómadas, cazadores y recolectores. Otros se han integrado en la civilización ya sea como esclavos o individuos libres. Por lo general son tratados como ciudadanos de segunda, incluso cuando no son esclavos, pero sus habilidades especiales resultan en muchas ocasiones útiles pro lo que acaban encontrando un nicho en la comunidad en el que encajar y ser aceptados.
 
ERRANTES
La vida de los thamaykachay nómadas no es sencilla. La civilización sikimira y kumihin se expande por ambas islas continente tomando para si las mejores tierras y arrinconando al resto de especies en los parajes más inhóspitos y peligrosos. Incluso en estos los sach’aruna defienden con celo su derecho a reclamar lo que la tierra ofrece y los foráneos no son bienvenidos. 
 
Al contrario que los thamaykachay que han claudicado ante la presión de la civilización y han entregado su libertad a esta ya sea vendiéndose por un precio justo o sometiéndose a la voluntad de otros, los errantes son libres y salvajes. Incluso los sach’aruna los consideran seres  asilvestrados. Solitarios y poco dispuestos a compartir con los demás, las más de las veces porque apenas si disponen de recursos para cubrir sus propias necesidades.
 
Viven apartados de cualquier sociedad, en la profundad de las selvas o en los lugares más recónditos. Son territoriales aunque pueden tolerarse, especialmente si se trata de individuos de especies con algún tipo de vínculo. Rara vez forman comunidades y cuando lo hacen son pequeñas y se basan en una relación simbiótica a través de la cual todos los miembros obtienen un beneficio del resto. 
 
En épocas de carestía sin embargo es posible que los errantes asuman más riesgos y se dejen ver abandonando sus territorios y adentrándose en áreas más pobladas para conseguir comida o agua o para huir de una amenaza mayor.
 
SOMETIDOS
Muchos thamaykachay pueden ofrecer capacidades y habilidades que no están al alcance de ninguna otra especie. Estos individuos excepcionales son considerados una preciosa posesión y muchas comunidades los convencen, seducen o incluso cazan para someterlos a su voluntad. Son esclavos bajo el yugo sikimira o trabajadores libres que se venden por un plato de comida.  Los thamaykachay sometidos, como los pallaysu, realizan todo tipo de tareas y no hay aptitud que la civilización no sepa aprovechar. El vigor, la fuerza, la energía, la habilidad o destreza. Cualquiera que sea el aspecto en el que un thamaykachay destaque siempre hay una labor idónea para él. Desde el burdo y sacrificado trabajo en el campo hasta las interminables horas en los talleres de alfarería, metalurgia u orfebrería. 
 
Aquellos lo suficientemente afortunados como para haber conservado su libertad y autonomía son tratados con desdén y, pese a su independencia, siguen siendo individuos de segunda a ojos de la sociedad. 
 
Los sometidos toman a menudo el credo y fe de sus amos o huéspedes y se integran en su estructura económica y social. Sin embargo el espíritu salvaje permanece en ellos, especialmente en los que han sido arrancados de su hogar a la fuerza. Aunque lo cierto es que no son pocos los que incluso agradecen la protección que su nueva vida, dura y penosa, les garantiza.

15 septiembre 2014

Hijos del Dios Sol - Más allá de la Ciudad Sagrada - Los Wayrurongo

LOS WAYRURONGO
La ruta de poniente había permanecido cerrada durante incontables ciclos. Tanto hacía que una nave no cruzaba el gran mar que muchos habían olvidado a los wayrurongo cuyo fugaz paso por Karuchaqana estuvo marcado por la guerra y la muerte. Los rastros de la civilización que un día construyeron han sido devorados por la naturaleza y hasta los más sabios de los sacerdotes sikimira creían que su estirpe se había perdido para siempre. 
 
Pero los wayrurongo han regresado. La ruta está abierta de nuevo y aunque completar el viaje de ida y vuelta puede ser la empresa de una vida las recompensas que la empresa ofrece parecen ser lo suficiente para que haya quien decida asumir el riesgo.
 
KOVAN
El hogar presente de los wayrurongo es un misterio para los habitantes de Karuchaqana. Su mera existencia era desconocida hasta hace tres estaciones cuando tras la última Rit'ijina las primeras naves arribaron a las costas occidentales de Hanan y tardaron poco en tocar tierra en la ciudad sagrada de Chakapuma.
 
Los recién llegados hablan maravillas de su tierra. Grandes reinas gobiernan extensiones enormes de territorio verde y fértil y los imperios abarcan continentes enteros. Los cierto es que Kovan está en decadencia. La otrora luminosa civilización wayrurongo ha sido golpeada por la enfermedad y la muerte. Las reinas guerrean por cada palmo de suelo productivo que queda y sus comunidades se reducen cada vez más. Nadie conoce a ciencia cierta el origen de la epidemia que golpea las cosechas y contamina a la población.  Las historias de los navegantes suelen evocar los tiempos pasados de esplendor que llevaron a los wayrurongo a dominar el acero y la pólvora, a construir grandes naves y hacerse a la mar persiguiendo al sol en su viaje por la bóveda celeste. Ahora todo eso se está perdiendo. Las ciudades se han cerrado, en ocasiones para evitar que la peste penetre en ellas y otras tantas para impedir que las abandone y se extienda. Centenares, si no miles, de reinas han muerto y con ellas centenares de miles de wayrurongo, humildes y poderosos por igual.
 
La corrupción ha reforzado el culto de la Promesa. Nacido hace miles de ciclos su fuerza ha ido creciendo a medida que las comunidades se veían expuestas a más sufrimiento y dolor. Tal ha sido su auge que ha desplazado a todas las demás creencias y ha sido abrazada por todos los estratos de la sociedad.
 
La palabra de la Promesa se ha impuesto en Kovan de forma aplastante y la voluntad de sus profetas se obedece ciegamente hasta el punto que los que hablan la voz de la Promesa se han arrogado la potestad de gobernar incluso por encima de las reinas que fueron y son las madres de la cultura.
 
La Promesa viaja además sobre las naves wayrurongo y empieza a extender sus brazos más allá de Kovan ofreciendo a los que sufren la esperanza de una vida mejor y la salvación eterna.
 
EL POLVO DE SISA
La sisa es una flor que crece en pequeños grupos en las praderas y roquedos de altura de las cordilleras. No tiene más de una capa  de altura, con hojas carnosas y cubiertas de una fina pelusa. Es de color blanco y tonalidades verdosa o amarillenta.
 
Al machacar la flor previamente secada al sol se obtiene un polvo ocre brillante que los habitantes de Karuchaqana emplean en rituales y ofrendas. Al incinerarse expele un aroma intenso y amargo que acompaña al visitante en muchos lugares de culto. Además su ingesta en cantidades relativamente grandes provoca espasmos y tiene un fuerte efecto alucinógeno por lo que se emplea para inducir el trance tanto en rituales chamánicos como en ceremonias religiosas.
 
En los altos de las Anti de Hanan y Hurin la flor de sisa es relativamente común y aunque apreciada no se tiene en gran valía. Crece de forma silvestre y es recolectada exclusivamente por los brujos, chamanes o el clero que la emplean como antes se ha descrito. En Kovan sin embargo se ha convertido en el valor de referencia. La ingesta de infusiones de polvo de sisa se ha convertido en el único remedio y protección contra la peste que azota el continente. Es por esta razón que los wayrurongo recién llegados a Karuchaqana hacen acopio de este preciado recurso con la intención de regresar a su hogar donde harán uso de este con fines más o menos altruistas dependiendo del individuo. Alrededor de estos ha aparecido pues una nueva economía. Puesto que la sisa solo crece en las praderas de los altos no es fácil de encontrar en Chakapuma y los wayrurongo tienen difícil acceder a ella pues su territorio de origen está copado por las culturas sikimira más belicosas. Aquellas cantidades que llegan a la ciudad alcanzan precios exorbitantes y el Willaq uma ha instruido a sus penitentes para que requisen cada pokcha que arribe de forma que el Hatum Qhapana controla los precios y se enriquece con ello, además de asegurarse un suministro suficiente para sus propias necesidades.
 
El polvo de sisa sin embargo se cobra también su precio a cambio de la protección contra la peste pues es altamente adictivo y su consumo regular provoca una dependencia total del mismo. Es por esto que la sustancia se ha convertido a la vez en cura y maldición. Repudiada por los que hablan la voz de la Promesa, que lo consideran un medio para evadir la penitencia exigida por el creador, su sola posesión en aquellas tierras bajo su tutela puede suponer la muerte. Esto no impide sin embargo que la casta superior del clero la consuma de forma secreta transgrediendo las leyes que ellos mismos imponen al resto de creyentes. 
 
MISIONEROS
La Promesa es más fuerte que cualquier arma. La vida eterna será para los que adoren al creador, para los que hacen de su vida en Entom una demostración de amor a Dios todopoderoso y no hay cualquier esfuerzo por hacer que las palabras de este lleguen a todos los rincones del mundo es poco pues todas las almas deben tener la oportunidad de redimirse y alcanzar el paraíso.
 
Los que hablan la voz de la Promesa lo hacen de corazón aunque no falta el espíritu oscuro que trata de conseguir rédito de su misión.
 
Apenas son unas docenas todavía pero no hay nave wayrurongo de las que arriban a la ciudad sagrada de Chakapuma que no desembarque entre su pasaje a un nuevo misionero. Desde el templo viajan a Hurin y Hanan dando a conocer la Promesa. Se establecen en las comunidades y ofrecen su trabajo pidiendo a cambio tan solo ser escuchados. Su discurso ha atraído ya a muchos, especialmente entre los oprimidos pero también les ha colocado en el punto de mira de los sacerdotes sikimira para los cuales los misioneros son portadores de la herejía y la insidia.
 
El templo pervive gracias al trabajo de los fieles y a los recursos que de Kovan arriban. Se ha incendiado ya tres veces y otras tantas veces se ha vuelto a levantar. Y se levantará tantas veces como haga falta pues el poder de la Promesa no conoce límites.
 
El creador no tolera los que hacen sufrir a sus hijos aunque en ocasiones es necesario recurrir a medios extraordinarios para expiar el pecado. Es por eso que los que portan la voz de la Promesa rechazan la violencia pero la secundan cuando se ejerce en nombre del creador y por el bien de la comunidad.
 
PIONEROS
No todos los wayrurongo que han cruzado el océano lo han hecho con la intención de hacer llegar la Promesa hasta todos los confines de Entom. En realidad la llegada de los misioneros a Karuchaqana no hubiera sido posible sin el espíritu aventurero y la ambición de los que han fletado sus naves y se han hecho a la mar arriesgando sus vidas en una empresa cuyo éxito es cuanto menos incierto.
 
Los pioneros wayrurongo han abandonado  el decadente y enfermizo Kovan en muchos casos financiados por sus reinas o señores que buscan allende los mares la cura milagrosa que ponga fin a la epidemia que asola sus tierras. La mayoría no tienen intención de permanecer más de lo necesario en estas latitudes y su objetivo no es otro que el de regresar a  casa portando con ellos la esperanza de una pronta recuperación del esplendor perdido.
 
El polvo de sisa se ha convertido en su mayor obsesión pero no es la única. Los exploradores buscan también las raíces de su pueblo, los motivos que pueden haberles llevado a ese estadio de fatalidad y sufrimiento y una cura, tanto física como emocional que les permita recuperarse. Muchos nunca van más allá de Chakapuma o el resto de ciudades costeras. Cargan sus naves con lo que pueden conseguir en los mercados locales y zarpan de nuevo de regreso a Kovan. Pero también hay quien se aventura en el interior de Hanan o Hurin o incluso quien planea navegar más allá hasta el lugar en el que  nace el sol. 
 
Cada expedición dispone de sus propios recursos y debe administrarlos de forma sabía si quiere poder regresar. Los Pioneros no disponen de más financiación que los bienes que su nave trajo desde su hogar.

08 septiembre 2014

Hijos del Dios Sol - Más Allá de la Ciudad Sagrada - Los Kumihin

LOS KUMIHIN
Algunos pallaysu llaman a los kumihin los sikimira blancos y estos los consideran un pueblo hermano venido a menos. Desde luego esa no es la imagen que de ellos mismos tienen los kumihin. Abnegados y estrictos, con un fuerte sentimiento de comunidad y pertenencia y unas sociedades organizadas y bien estructuradas los habitantes de los Anti de Hurin son también una cultura belicosa y guerrera siempre inmersos en interminables guerras civiles que enfrenta a sus reinas un ciclo tras otro sin que ninguna llegue nunca a imponerse sobre las demás.
 
SEÑORES DE HURIN
Sesenta reinas kumihin han dado vida a otras tantas comunidades que arribaron a Hurin en los días de júbilo antes de la ira de Inti. Los sikimira aseguran que el color y decadencia de los kumihin fueron causados por la presteza que se dieron en abandonar el paraíso. Las leyendas cuentan que en los primeros días, cunado Inti brillaba con intensidad en levante y las generaciones se sucedían siempre bajo la bendición de una estación dorada eterna los kumihin dominaron todo Karuchaqana pero la primera Rit'ijina, la que sucedió a la caída del puente y la expulsión de los hijos del Dios Sol del Gran Paitití, los diezmó de tal forma que quedaron arrinconados en los altos y laderas de la gran cordillera de Hurin. Desde entonces las reinas rivalizan entre ellas por la supremacía en un conflicto sin fin en la que las alianzas cambian de una generación a otra. 
 
Aunque las reinas son celosas defensoras de su independencia las confederaciones son la estructura más común pues de forma constante necesitan unirse para comerciar, ejecutar obras o aliarse para guerrear. La guerra en realidad juega un papel fundamental en la articulación confederal y a menudo las reinas más débiles se aproximan a las más fuertes para conseguir protección o beneficios militares.
 
La reina dominante dentro de una confederación respeta el gobierno autónomo de las subordinadas y es garante de la integridad territorial de todas las comunidades. Se convierte en el máximo jefe militar y en el detentador final y principal beneficiario de un sistema tributario complejo. 
 
Cuatro confederaciones se enfrentan por el dominio de Hurin. De estas la confederación Zipa es la más poderosa con hasta treinta reinas unidas en una causa común. Le siguen las confederaciones Zaque, Tundama e Iraca, además de un grupo de alrededor de una docena de reinas autónomas. 
 
La belicosa actitud de las reinas kumihin las empuja no solo a enfrentarse entre sí sino también con los pueblos que circundan sus territorios. Los pocos sikimira que se han instalado en Hurin, los sach’aruna de las selvas y la costa han sufrido su ira y violencia. Pese a ello los kumihin no toman esclavos pues confían en su fuerza y su virtud.
 
LA CONFEDERACÍON ZIPA
Han transcurrido casi veinte generaciones desde que la confederación Zipa y las fuerzas de la confederación Zaque se enfrentaran en la batalla de Chocontá. Treinta mil kumihin combatieron ese día y ambos ejércitos se retiraron tras la muerte de sus grandes capitanes, los sybintiba, sin que hubiera un vencedor claro. Desde entonces la reina Zipa ha unido a su alrededor la mayor de las confederaciones kumihin jamás reunidas y parece dispuesta a terminar lo que en Chocontá no pudo conseguir.
 
Las reinas que rinden tributo a Zipa se reparten por todo el Anti de Hurin en ocasiones sin que entre sus territorios haya continuidad física. Las ciudades de barro y caña son el núcleo de cada una de las comunidades confederadas y la sede desde la que gobierna cada una de las reinas junto a su corte de capitanes y administradores.
 
La legislación kumihin está basada en la fuerza de la tradición que convierte a un determinado comportamiento, más o menos aceptado por el común y aprobado por la autoridad en ley. Pero la reina Zipa es más ambiciosa que eso y ha empezado a tipificar faltas y delitos y a dictar normas estrictas que sus muchos súbditos deben obedecer. La rígida sociedad kumihin en la que sus castas no se mezclan y en la que cada cual tiene una misión y cometido al que ceñirse se ha enriquecido con tales innovaciones.
 
La economía de la confederación gira alrededor del cultivo de la sara y la apharuma además de la quinua y el algodón. Los recursos pertenecen a la comunidad y no a un individuo concreto. Lo que la tierra produce, los bosques ofrecen o los ríos proveen se entrega a la reina y su corte que lo distribuye entre los miembros según sea su posición y desempeño.
 
Excelentes orfebres  y tejedores los mercados de las ciudades hierven con de actividad y los mercaderes de un comunidad se desplazan a las vecinas para intercambiar tejidos, cerámicas, sal o las preciada esmeraldas. Algunos comerciantes viajan incluso más allá para intercambiar bienes con los sach’aruna o en los mercados de Chakapuma, la ciudad sagrada, desde la que importan oro y cobre. Los mercaderes kumihin emplean la sal, las esmeraldas o incluso el algodón como equivalente monetario para facilitar el trueque.
 
La reina Zipa viaja cada generación a la ciudad de Suamoq donde se encuentra el principal templo del Dios Sol, al que los kumihin conocen como Xue,  para ofrecerle sus ofrendas y solicitar su bendición. Allí los sacerdotes ofician sacrificios de animales y también de individuos escogidos de entre los fieles de la reina como regalo a Xue. Suamoq es un territorio sagrado regentado por sacerdotes originarios de todas las comunidades kumihin que han sido ofrecidos al Templo del Sol como presente y que son formados para servir a Xue y orar por su regreso a Entom. No pertenece a ninguna confederación ni debe tributo a ninguna reina si bien algunos de los sacerdotes regresan junto a sus madres una vez formados en el gran templo para ofrecerles su sabiduría y consejo. 
 
Templo menores coronan las ciudades kumihin y en ellos los fieles ruegan por una vida justa y digna en la que su entrega a la comunidad sea eficaz.
 
No hay esclavos en los territorios de la reina Zipa, ni extranjeros tampoco. Los viajeros son observados con recelo y solo los mercaderes sikimira pueden sentirse seguros. Las comunidades confederadas son proteccionistas y poco dispuestas a compartir con los foráneos. Ni siquiera los misioneros wayrurongo han tenido fortuna y sus palabras amables de caridad y amor fraternal han sido recibidas con piedras y palos.
 
LA CONFEDERACÍON ZAQUE
Debilitada por las pérdidas sufridas en el campo de batalla de Chocontá y por las defecciones sufridas tras esta la confederación Zaque ha perdido fuerza y se enfrenta a la cada vez más amenazante  pujanza de su rival Zipa.
 
Las reinas confederadas ocupan los territorios norteños del Anti de Hurin. Los más próximos a Chakapuma y Hanan.
 
Estas comunidades agrícolas han construido un complejo sistema de regadíos con la intención de multiplicar sus cosechas pero sin duda sus dos principales recursos son las minas de esmeraldas l de Tausa y el gran mercado de Hunza, la ciudad sede del Zaque. El mercado de Hunza es el mayor de los que pueden encontrarse en los territorios kumihin con diferencia y a él acuden comerciantes de todas las comunidades incluidos aquellos no confederados y hasta de comunidades Zipa ahora que la paz entre las dos confederaciones, aunque frágil, lo permite. Sara, sal, miel, frutas, granos y mantas se intercambian por plumas, cobre, algodón, caparazones y, sobre todo, por esmeraldas de Tausa. Hasta aquí viajan sikimira de la ciudad sagrada y algunos sach’aruna. Es incluso posible encontrar a pastores wayrurongo tratando de convertir a los locales o thamykachay regateando por una pieza de orfebrería.
 
Los kumihin de las comunidades confederadas bajo la reina Zaque son más tolerantes que la mayoría obligados en parte por la riqueza que el comercio les aporta. Tampoco toman esclavos pero si intercambian productos por trabajo con individuos de otras especies algunos de los cuales llegan a permanecer entre los kumihin por varias generaciones.
 
Aunque algunos creen que se trata de una leyenda hay quien afirma que en Chocontá un centenar de thamaychakay y pallaysu combatieron junto a los guerreros de la confederación Zaque.
 
Son también los kumihin de estas tierras los que más a menudo viajan al norte y pueden encontrarse en los mercados de Chakapuma o las ciudades sikimira del sur de Hanan.
 
Al igual que su hermana del norte la reina Zaque peregrina a Suamoq una vez cada generación para realizar sus ofrendas al Dios Sol y solicitar la bendición de este para los suyos. Los kumihin de la confederación Zaque veneran a Xue, el padre de todos ellos y los intentos de los misioneros wayrurongo, bienintencionados o no, han resultado infructuos.
 
OTRAS CULTURAS KUMIHIN
La confederación Zipa y la confederación Zaque son los dos actores principales de la cultura kumihin pero no son los únicos. Las confederaciones Tundama e Iraca controlan porciones relevantes de territorio en las Anti de Hurin y alrededor de una docena de reinas se mantienen fuera de este sistema de confederaciones. Incluso dentro de las confederaciones las distintas reinas cultivan diferencias que se manifiestan en sus comunidades por lo que queda a vuestro criterio tomar las anteriores y modificarlas como deseéis para dar lugar a nuevos grupos bien sea como lugar de origen de uno o varios personajes o como lugar de destino para todo el grupo. Estas comunidades menores agrupan a veces solo a unos cientos de individuos pero las hay que controlan a miles. Su nivel de desarrollo es normalmente inferior a las grandes familias de Zipa y Zaque lo que supone unas estructuras sociales más sencillas y unas posibilidades económicas y militares menores. 
 
Los valles, selvas, mesetas y llanos costeros de la mitad oriental de Hurin están controlados casi en exclusiva por los kumihin lo que os ofrece un elenco de opciones muy variado en cuanto a posibles orígenes, motivaciones y expectativas con los que vestir las comunidades que creéis.
 
La agricultura, la pesca y la ganadería forman la base de cualquier economía kumihin y aunque quizá sus artesanos no puedan rivalizar con los de Hunza, o Chakapuma si es probable que produzcan piezas de cierto valor. 
 
La mayoría de las sociedades kumihin practican cultos que tienen su origen en el Mito de Inti vinculados al templo de Suamoq aunque hay variaciones y singularidades que las distinguen una de otra. 
 
Las pequeñas comunidades kumihin suelen ser endogámicas y poco dispuestas al trato con los foráneos pues en la violenta historia de esta región de Karuchaqana les obliga a estar prevenidos.

01 septiembre 2014

Hijos del Dios Sol - Más Allá de la Ciudad Sagrada - Los Chutu Waqracha

LOS CHUTU WAQRACHA
Los chutu waqracha pueden trazar su estirpe muchas generaciones atrás, recitando de memoria los nombres de su padre, el padre de este y el de aquel en una interminable serie de nombres y títulos que parece no tener fin. Algunos aseguran incluso poder retroceder hasta aquel de sus antepasados que dejó en los días jóvenes el Gran Paitití para hacerse a la mar y asentarse en la Chakapwasiwatana, las islas que sostenían el gran puente que sobre el océano conectaba el paraíso con Karuchaqana. Sea cierto es tono no lo que es indiscutible es que los chutu waqracha hicieron de estas islas su hogar hace tanto tiempo que ya no se pueden entender esta sin su presencia.

LA PLAGA
Los recién llegados encontraron un mundo virgen y seguro. En cada una de las islas se asentó un ariki, uno de los grandes líderes que según la tradición había guiado a una comunidad directamente desde el Gran Paitití a través del océano, y este dividió su porción de mundo entre los clanes que le eran fieles otorgándoles un territorio.

Las sociedades chutu waqracha estaban fuertemente estratificadas y se asentaron en el interior junto a las áreas de cultivo. En el litoral establecieron centros de  religiosos y ceremoniales en la que rendían culto a los antepasados que se hicieron dignos de ello levantando gigantescas esculturas de piedra en su nombre y altares de mampostería.

En las islas de mayor tamaño, que son también las más alejadas de Karuchaqana todavía sobreviven estas costumbres pero en las menores la población creció sin freno y los bosques fueron talados para aumentar el área de cultivo, producir leña, madera para las canoas y utensilios hasta el punto de hacer desaparecer hasta el último de los árboles, la tierra a la que no se podía dar descanso produjo cosechas cada vez más pequeñas, los animales se cazaron hasta extinguirlos y el hambre y la carestía golpeó a los isleños incluso en las estaciones de supuesta abundancia haciendo colapsar su sociedad.

Los habitantes de estas islas se enzarzaron en una serie de guerras civiles y finalmente pusieron sus ojos en occidente tal y como hicieron sus antepasados y navegaron hasta Hanan y Hurin para tomar allí lo que no podían conseguir en su hogar. Es a estos chutu waqracha a los que en el continente se les conoce como la plaga. Los barbaros y salvajes que asolan la costa oriental, robando, saqueando y matando sin piedad ni mesura.

 HANAU MOMOKO
Aquellas de las Chakapwasiwatana más próximas a Karuchaqana son también las más pequeñas y las que más han sufrido la sobrepoblación. Son los chutu waqracha de estas islas, conocidos como los Hanau Momoko, los que han puesto sus ojos en las poblaciones ribereñas de Hanan y Hurin.

En su retiro insular mantienen una existencia no muy distinta a la de sus antepasados a los que tanto veneran. Cultivan la apharuma y otros tubérculos, crían quwis y pilis, pescan y comercian con las islas vecinas. Pero su supervivencia no sería posible sin las expediciones a Karuchaqana que cada chutu waqracha, varón o hembra, debe realizar dos veces en su vida. Puesto que tienen poco que ofrecer hace tiempo que decidieron tomar por la fuerza aquello que necesitan sin respetar ni a propios ni a extraños.

Los grandes catamaranes viajan hasta el continente en busca de grano y madera, animales, tejidos y otras materias primas. No buscan oro ni piedras preciosas. No son riquezas lo que desean atesorar ni lo que motiva sus incursiones, es la necesidad básica de la subsistencia de su comunidad. La aparición de sus velas en el horizonte es suficiente para atemorizar a cualquier habitante de Hanan o Hurin y sus grandes cuerpos decorados con pinturas de guerra son temidos a lo largo de toda la costa. 


Sus sociedades se han adelgazado durante este tiempo, muchos de los antiguos caciques han caído e incluso en algún caso el culto a los antepasados ha sido dejado de lado y sustituido por otros nuevos dedicados al mar y la guerra. Ningún wayrurongo ha navegado tan al este como para ver las Chakapwasiwatana por lo que la palabra de la Promesa no ha llegado hasta ellos. Si hay sin  embargo Hanau Monoko que han pasado parte de su vida sirviendo a señores sikimira como mercenarios o esclavos en el continente y que al regresar han traído con ellos la historia de Inti y la han integrado a su cultura local. 

HANAU EEPE
Los chutu waqracha que habitan las que se cree son las porciones de tierra más próximas a lo que en su día fuera el paraíso de Inti conservan la cultura de los primeros colonos. Se les conoce como los Hanau Eepe y sus islas han resultado lo suficientemente grandes y ricas como para que  la presencia de estas civilizaciones no las hiciera colapsar.

Los Hanau Eepe han construido una sociedad aristocrática. La población se divide en grandes tribus independientes entre sí, cuyos antepasados respectivos son los míticos navegantes de la gran migración oceánica. Cada tribu, que llevaban el nombre de una de las canoas de la flota primigenia (arawa, aotea, matatua, tainu…) se divide a su vez en tribus secundarias conocidas como hapu. Si bien en sus inicios basaron su economía en la caza y recolección han evolucionado hasta formar una sociedad agrícola con distintos poblados fortificados independientes entre sí.

Cada tribu está liderada por un ariki, descendiente de una larga lista de nobles antepasados, cuya  importancia y prestigio dependen de la antigüedad de su árbol genealógico.

Tras los ariki los segundos en poder son los sacerdotes tohunga, cuyo rol como guías espirituales los convierte en individuos de gran influencia. Les corresponde prever los destinos de la tribu, alejar los malos espíritus, defender de los sortilegios, purificar a los nuevos nacidos, ocuparse de las honras fúnebres, además de ejercer de astrólogos, botánicos, poetas, historiadores y preceptores de los jóvenes jefes.

Los guerreros ocupan el eslabón siguiente y tras ellos se encuentran el grueso de la población. A pesar de esta estructuración tan precisa de poderes y deberes, la autoridad de los jefes no es absoluta. Son consultados sobre todos los temas relevantes que afectan a la tribu pero sus decisiones no son necesariamente observadas. Sólo si posee una fuerte personalidad, y si está apoyado por la influencia mística del tohunga, un jefe logra disponer un poder efectivo y real.

La proximidad de los Hanau Momoko ha convertido a los Hanau Eepe en guerreros en alerta constante pues ellos son también objeto de incursiones y ataques que en ocasiones pueden tener como objeto no solo capturar bienes si no también individuos de un sexo u otro cuando el número de estos no es suficiente para la subsistencia de una comunidad Momoko.

Los Hanau Eepe apenas han tenido contacto con otras especies desde los días de júbilo. Para muchos la mera existencia de Karuchaqana es una fantasía y un cuento para infantes. El tiempo para estos chutu waqracha se detuvo hace ciclos y si bien sufren la furia de la Rit'ijina de la misma forma que el resto de los habitantes de Entom se diría que en cierta forma viven en un mundo totalmente distinto.