Historias del Concilio pretende dejar testimonio de casi treinta años de dados y rol.

En 1991 compré mi primer juego de rol. Fue El Señor de los Anillos, el juego de rol de la Tierra Media, traducido, publicado y distribuido en septiembre de 1989 por la editorial barcelonesa Joc Internacional. Era un libro de “tapa dura” con una ilustración de Angus McBride en la portada. Desde entonces y hasta hoy han pasado por mis manos literalmente docenas de manuales y entre mis amigos y yo hemos hecho rodar, literalmente, decenas de miles de dados de múltiples caras.

En 2011 hizo veinte años de nuestra primera partida y, puesto que ahora apenas si tenemos la oportunidad de quedar un par de veces al año, decidí embarcarme en el proyecto de rescatar algunas de las historias que durante este tiempo he compartido con ellos para, tras darles un formato digno, compartirlas con quien quiera leerlas. Me he propuesto publicar una aventura o módulo cada trimestre alternándolos con otras entradas sobre mi pasado, y escaso presente, como jugador y director de juego. Algunos de los módulos serán algo viejunos. Los hay bastante elaborados y otros muy sencillos. Más largos y completos o meras escenas, casi eventos para una partida rápida. Si alguien se reconoce en una de estas historias, gracias por haberlas jugado conmigo y bienvenido.

24 junio 2014

Hijos del Dios Sol - Pobladores de Karuchaqana - Parte III.

Tercera, y última entrada, dedicada a las principales especies que pueblan Karuchaqana. En esta ocasión se incluye una descripción de los wayrurongo y una escueta nota sobre los thamykachay. Seguirán a este capítulo una nueva serie de publicaciones centradas en Chakapuma, la muchas veces sagrada, urbe principal del archipielago.
 
De nuevo os agradeceré cualquier comentario o idea que tengais a bien aportar.

WAYRURONGO
Los wayrurongo dejaron Karuchaqana en los días en los que el mundo era joven sin embargo durante las últimas tres generaciones han alcanzado las costas de Hurin y Hanan algo más de una docena de expediciones lideradas por estas criaturas.
 
Constantes y abnegados, extremadamente eficientes y organizados los wayrurongo han regresado a Karuchaqana es busca de un remedio capaz de salvar su decadente mundo. Portan con ellos una fe nueva y la promesa de una vida eterna para aquellos que la abracen.
 
Descripción.
Los wayrurongo superan por norma general la vara y media de estatura y pueden alcanzar las dos varas de forma excepcional. De color ocre y negro, son bípedos y disponen de cuatro extremidades anteriores terminadas en cuatro dedos. Por norma general son de constitución delgada aunque algunas castas pueden ser robustas y corpulentas.
 
La cabeza es grande y dispone de dos ojos compuestos proporcionados y de tres ojos simples. Lucen igualmente cuatro alas posteriores de tamaño medio retráctiles al dorso.
 
Al igual que en el caso de los sikimira la mayoría de los individuos son asexuados quedando la responsabilidad de la procreación limitada a la reina y su harén de machos.
 
Visten calzones y camisolas de algodón, lana, lino y otros tejidos tintados en diversos colores. Calzan botas o sandalias y emplean de forma habitual accesorios de metal, hueso o fibras vegetales. Su nivel tecnológico supera con creces al de cualquiera de los pueblos de Karuchaqana pues dominan el acero y han domesticado la pólvora.
 
El número de wayrurongo que han arribado a Karuchaqana es todavía pequeño y la mayoría no permanece en el archipiélago durante mucho tiempo. En Chakapuma sin embargo hay una comunidad permanente que se organiza alrededor del templo de la Promesa. Esto disgusta a los sacerdotes sikimira que consideran que los herejes wayrurongo mancillan la ciudad sagrada con su culto blasfemo pero los sermones que en el templo se imparten reúnen a cada vez más pallaysu y thamaykachay. La comunidad wayrurongo también emplea la ciudad sagrada como puerto franco desde el que envía a Kovan, su hogar, el tan deseado polvo dorado de Sisa del que son adictos consumidores.


Kovan ha sido azotado por una pandemia que ha sumido el mundo de los wayrurongo en el caos, destruyendo reinos e imperios, sembrando la destrucción y la muerte y amenazando con borrar a los wayrurongo de la faz de Entom. El polvo de Sisa es el único remedio conocido contra la enfermedad pero a su vez resulta altamente adictivo lo que no ha hecho más que empeorar las ya de por si penosa situación en Kovan.
 
THAMAYKACHAY
Los otros, los errantes o los thamaykachay es el nombre que se da a la miríada de especies que morán en Karuchaqana sirviendo como esclavos, prosperando en las comunidades sikimira o vagando por el archipiélago. Prácticamente no hay dos iguales y cada uno tiene una historia diferente que contar.
 
Los thamaykachay pueblan  también las tierras  más allá del mar y algunos han regresado a Karuchaqana en las naves wayrurongo bien sea como individuos libres o como esclavos de estos.
 
Descripción.
Se dice que no hay dos thamaykachay iguales y aunque no es del todo cierto tampoco se aleja mucho de la verdad. De todos los tamaños y formas, con capacidades y aptitudes de lo más diversas es posible encontrar tantos tipos de thamaykachay como estrellas tiene el firmamento.
 
Muchos thamaykachay sirven como esclavos de los señores sikimira en Chakapuma pero también los hay que prosperan en libertad como artesanos o comerciantes. Algunos han llegado a Karuchaqana desde Kovan junto a los wayrurongo.

17 junio 2014

Hijos del Dios Sol - Pobladores de Karuchaqana - Parte II.

CHUTU WAQRACHA
Los chutu waqracha son considerados una plaga por los habitantes de Karuchaqana. Estos feroces individuos habitan en las Chakapwasiwaranael archipiélago al este de Hanan. Despiadados y violentos, solo la visión de sus embarcaciones aproximándose a la orilla es suficiente para hacer huir al más valeroso de los guerreros. 
 
Los chutu waqracha tienen sin embargo una existencia pacifica en su retiro insular que contrasta con la virulencia de sus expediciones con las que siembran de muerte y destrucción las costas de Hanan y Hurin.
 
Descripción.
Habitualmente superan la vara y media de estatura y no es raro que alcancen o superen las dos varas. De constitución fuerte y colores ocre, verde y marrón dependiendo de su isla de origen. Son bípedos con cuatro extremidades anteriores terminadas en tres dedos. Deben su talla principalmente  sus grandes extremidades posteriores, especialmente fuertes y potentes.
 
Tanto los machos como las hembras disponen de cuatro alas medianas retractiles al dorso, sus dos  ojos compuestos tienen un color blanquecino y están dispuestos uno a cada lado de la cabeza. Entre estos hay tres pequeños ojos simples.
 
Visten ropas sencillas tejidas con fibras vegetales y suelen decorar su cuerpo con pinturas de colores oscuros. No se trata solamente arte corporal ni tampoco decoración, estos dibujos realizados con tintas indelebles indican muchísimas cosas, desde la historia de la familia a la que uno pertenece a su clase social o sus creencias espirituales. Además, para algunos clanes simboliza una transición del mundo de la infancia al mundo adulto y es una forma de llevar ciertos símbolos de protección de forma permanente.
 
Los chutu waqracha no son una visión común en Hanan o Hurin y esto es algo que los locales agradecen. Sus incursiones apenas duran unas semanas y el territorio batido por cada una de estas es relativamente pequeño. Nunca se han establecido en las islas continente y raramente dejan tras ellos a ninguno de los suyos sin motivo. Tampoco mantienen relaciones comerciales con otros pueblos ni lazos de ningún otro tipo. 
 
Muy pocos grupos han adoptado el culto al Dios Sol  y por lo tanto la ciudad sagrada no tiene ningún valor especial para ellos. Como es lógico pues tampoco son en absoluto comunes en Chakapuma pero si es cierto que algunos señores sikimira han tomado a mercenarios chutu waqracha a su servicio pues su sola presencia es suficiente para ahuyentar a los merodeadores. Sus espigadas figuras se yerguen como torres sobre el mar de criaturas que pueblan la ciudad sagrada y solo algunos thamaykachay pueden rivalizar con ellos.
 
KUMIHIN
Las grandes comunidades kumihin se encuentran en selvas del altiplano de Hurin, al sur de Karuchaqana a muchas varas de distancia y jornadas de viaje. Poco o nada se sabe en Hanan de las ciudades de los guerreros blancos pues apenas un puñado de estos alcanza de vez en cuando estas tierras y son pocos los mercaderes dispuesto a poner en riesgo sus caravanas tomando el camino del sur.
 
La suya es una civilización distante de la que los viajeros cuentan historias de sangre y furia, de guerras continuas de sacrificios y muerte, incluso de canibalismo.
 
Estrictos y disciplinados, el mundo de los kumihin es rígido y estructurado y así son también sus mentes. Un pueblo orgulloso a los ojos del cual nada hay que envidiar de sus hermanos norteños.
 
Descripción.
La diferencia de tamaño entre la casta de los comunes que conforman la base de la sociedad kumihin ya la de los guerreros y sus señores es abismal. Un obrero kumihin raramente supera la vara de altura mientras que los guerreros superan con creces la vara y cuarto e incluso pueden llegar a la vara y media o más. 
Bípedos con cuatro extremidades anteriores terminadas en cuatro dedos. La cabeza es pequeña en el caso de los obreros, el clero y los nobles y grande en los guerreros que suelen disponer también de mandíbulas dentadas de gran tamaño. Sus ojos compuestos son pequeños y solo disponen de dos ojos simples. Por lo general el exoesqueleto es de color blanquecino o grisáceo, blando y endeble.
 
Los nobles de alta alcurnia destinados a formar nuevas comunidades disponen también de dos alas medianas retractiles al dorso. Estos y las reinas son los únicos individuos sexuados, el resto son estériles y sus vidas están destinadas a servir a los primeros.
 
Visten elaborados taparrabos o faldas de algodón que combinan con capas cortas o tocados sobre los hombros. Suelen ir descalzos aunque algunas castas calzan sandalias de fibras vegetales.
 
Se organizan en clanes o familias que a su vez se asocian en coaliciones y confederaciones que tienen como objetivo la cooperación militar y el refuerzo de las relaciones comerciales. Estás confederaciones sin embargo son efímeras y la importancia de cada una de ellas varía según las circunstancias.
 
El mundo kumihin es endémico y su relación con el exterior escasa. Por este motivo los habitantes de Hanan y su civilización es un auténtico misterio para los comunes kumihin. Por norma general los norteños y sus naciones son auténticos desconocidos y en el mejor de los casos el folclore local los considera  débiles e insignificantes comparados con la grandeza de los imperios guerreros de Hurin.
 
No hay una comunidad kumihin permanente en Chakapuma aunque de forma intermitente es posible encontrarse con peregrinos que visitan el gran templo del Dios Sol o con mercaderes pertenecientes a los clanes menos proteccionistas. Los sikimira respetan a los kumihin y los consideran hermanos venidos. Esta condescendencia molesta en sobremanera a los kumihin que no admiten inferioridad alguna frente al resto de especies.

10 junio 2014

Hijos del Dios Sol - Pobladores de Karuchaqana - Parte I.

Karuchaqana está poblado por una infinidad de especies sintientes diferentes. En las publicaciones que seguirán se describen las principales de estas especies, sus rasgos físicos, su nivel tecnologico, sus estructuras sociales y las relaciones entre ellas. Se trata sin embargo de un resumen eaquemático que ampliaré más adelante con información adicional.

Como siempre cualquier aportación, sugerencia o idea será eternamente agradecida. Hijos del Dios Sol es un proyecto inacavado y estas publicaciones no buscan otra cosa que exponerlo al público para obtener cuanto más feedback mejor.  

SIKIMIRA
Los sikimira son la especie dominante de Karuchaqana. Dedicados y constantes han formado sociedades muy organizadas en las que la lealtad y fidelidad fraternal son los valores principales.
 
Arquitectos de la civilización, son una raza orgullosa  que considera que ninguna otra tiene parangón en su conocimiento. Ninguna otra raza puede construir un imperio. Ninguna otra raza puede controlar la naturaleza a su antojo. Ninguna otra raza es tan digna heredera de la llama de la vida como los sikimira.
 
Descripción.
Los sikimira son bípedos, con cuatro extremidades anteriores acabadas en tres dedos articulados, De corta estatura, raramente superan la vara y cuarto de pies a cabeza, y constitución delgada son sin embargo robustos y resistentes. Algunos individuos de las castas guerreras sin embargo pueden superar a sus semejantes en tamaño hasta casi doblarlos. La mayoría de los individuos son asexuados quedando la responsabilidad de la procreación limitada a la reina y su harén de machos.
 
Existe una variación cromática importante desde verdes oscuros  a morrones rojizos además de negros o incluso amarillos. La cabeza es grande y bien formada, con dos ojos múltiples tres simples además de antenas cortas.
 
Las castas comunes visten ponchos de lana de karhua y algodón sobre un taparrabos de algodón u otro tejido. Son comunes los accesorios de hueso, espinas, madera o, para las castas superiores de cobre, plata u oro. Suelen ir descalzos o emplear sandalias fabricadas con fibras vegetales.
 
Son los constructores de las más grandes de las naciones de Karuchaqana y los dominios de estas cubren grandes extensiones de Hanan. Sin embargo no todos los pueblos sikimira se han unido a los grandes imperios o han sido doblegados por estos. Docenas de culturas, señoríos, cacicazgos y familias independientes pueblan desde las llanuras del altiplano a las faldas de Anti, los valles áridos de levantes junto a la costa y los más fértiles que se entregan al norte y sur del mar interior. No todos estos pueblos han alcanzado el mismo nivel de desarrollo pero la mayoría han abandonado el estado salvaje.
 
Sea cual sea el nivel de desarrollo la mayoría de las culturas sikimira están fuertemente estratificadas y la diferencia entre castas es evidente. El destino imprime en cada individuo una posición social desde su nacimiento que no abandonará jamás hasta el día en que le llegue la hora de abandonar Entom. Las castas son totalmente estancas y cada sikimira sabe desde su infancia que vida le espera y para tal se le prepara.
 
Los sikimira son además los dueños de Chakapuma, la Ciudad Sagrada. Los sacerdotes sikimira controlan los principales templos y arrastran con ellos un sequito de ayudantes y siervos, artesanos y comerciantes que los sustentan. Pese a que las reinas no tienen permitido acceder a la Ciudad Sagrada, casi a diario llegan nuevos sikimira de todas las regiones de Karuchaqana enviados por sus señores para cumplimentar a los dioses con su trabajo. Se trata de ofrendas vivientes cuya dedicación y entrega en pos de la gloria y riqueza de Chakapuma revertirá sin duda en sus comunidades de origen que quedarán bendecidas por los dioses agradecidos. Los sikimira desprecian al resto de sintientes y los consideran inferiores pues ellos son los únicos hijos verdaderos del Dios Sol. Muchas culturas practican el esclavismo tomando preferentemente a pallaysu o thamaykachay como sirvientes y mano de obra sometida aunque no faltan casos en los que los sikimira de señoríos sometidos se conviertan igualmente en esclavos. Introvertidos y distantes para con el resto de especies estas muestran para con ellos un desprecio similar si bien la mayoría de las veces    este  se  mezcla  a   partes    iguales   con    la admiración y el respeto pues los logros de los sikimira son incontestables y su ira debe ser temida.
 
PALLAYSU
Los pallaysu viven a la sombra de los sikimira. Indolentes e intelectualmente limitados malviven en una suerte de esclavitud bajo el yugo de sus amos que hacen buen uso de su vigor y fuerza ofreciéndoles a cambio una existencia penosa que parecen aceptar con resignación y sin protestas.
 
Algunos grupos conservan su independencia y libertad en las profundidades de la selva donde han formado comunidades sencillas que subsisten aprovechando lo que la naturaleza les ofrece apartadas de la civilización. Son los salvajes, los sach’aruna, los hijos de la tierra y los árboles, de los ríos y el mar.
 
Descripción.
De constitución fuerte y muy resistentes los pallaysu suelen superar la vara y media de estatura. De colores oscuros o marrones rojizos disponen de cuatro alas pequeñas y retractiles al dorso. Los ojos compuestos son negros y carecen de ocelo central por lo que solo tiene los dos laterales. 

Bípedos con dos extremidades anteriores terminadas en tres dedos y otras dos atrofiadas y adheridas al pecho que resultan inútiles. Sus antenas son largas y existen tanto machos como hembras de apariencia prácticamente idéntica.
 
Por norma general visten taparrabos sencillos de lana de karhua o paqucha  y solo ocasionalmente camisolas o túnicas.
 
Miles de pallaysu viven sometidos por los sikimira en todo Hanan. Normalmente se les asignan las tareas más duras y desagradables que realizan bajo la atenta mirada de capataces y guardianes. Solo algunos muestran destreza suficiente para dedicarse a trabajos más delicados. Las culturas esclavistas suele criarlos como ganado y cruzar aquellos individuos cuyas características quieren potenciar lo que ha dado lugar a diferentes estirpes de características variadas. Todos los pallaysu sin embargo comparten los mismos rasgos básicos.
 
Aquellos pallaysu que moran en la Ciudad Sagrada lo hacen generalmente sometidos por los sikimira y han llegado a ella como esclavos. Aunque no falta el ocasional pallaysu que ha logrado alcanzar su libertad de un modo u otro estos suelen ser tratados sin respeto por el resto de especies y por norma general incluso ellos mismos añoran el calor de sus hermanos pues son criaturas que se sienten más cómodos formando parte de grupos.

Los pallaysu salvajes habitan territorios cada vez más remotos debido a la creciente expansión sikimira. Incluso en estos refugios deben guardarse de las expediciones de esclavistas que rondan las profundidades de la selva o las costas de poniente.
 
Estos sach’aruna rara vez se dejan ver y evitan al resto de sintientes siempre que les es posible. Sus comunidades carecen de estructuras complejas pero alimentan un fuerte sentimiento de colectividad y familia.

03 junio 2014

Hijos del Dios Sol - Introducción

Desde hace algo más de año y medio he dedicado gran parte de mi tiempo a tratar de crear mi propia ambientación para un juego de rol. Las publicaciones que seguirán en los próximos días son el resultado de esos esfuerzos. Se trata de un documento inacavado que he ido archivando bajo el título de Hijos del Dios Sol. Voy a tratar de dejar fuera del texto, por el momento, todas las referencias al sistema de juego de forma que el documento tenga cierta coherencia narrativa.
 
A aquellos que tengan la paciencia de leerlo les agradeceré cualquier comentario o propuesta que consideren puede ser de ayuda para conseguir llevar algún día este proyecto a buen puerto.
 
Bienvenidos a Karuchaqana, uno de los rincones de la creación cruel y despiadada que todos conocen como Entom. El destino de las sorprendentes criaturas que habitan este mundo de Espada y Brujería, en el que la brujería es un embuste y las espadas más bien escasas, está en vuestras manos.
 
HIJOS DEL DIOS SOL
Hijos del Dios Sol se ambienta en el mundo de Entom, un lugar inhóspito de grandes océanos salpicados por incontables archipiélagos.
 
De entre estos Karuchaqana es considerado, por lo menos por sus habitantes, como el más pujante y desarrollado. Le hogar de la verdadera fe. Una tierra de áridos valles costeros, escarpadas montañas e interminables selvas; un mundo cruel y despiadado, en el que sólo los más fuertes y astutos sobreviven. Una tierra salvaje y todavía inexplorada en la que la civilización representa la excepción más que la norma.

De entre todas las ciudades de Karuchaqana, no hay ninguna tan grande, tan magnífica ni tan rica como Chakapuma, la Ciudad Sagrada, el lugar en el que el gran puente que conduce al paraíso del Gran Paitití descendía sobre Karuchaqana, justo en lugar en el que Hanan y Hurin se dan la mano.

En las tierras que yacen más allá de la Ciudad Sagrada las naciones se enfrentan las unas a otras y todas ellas contra la inmensidad que, más allá de sus fronteras se vuelve salvaje e implacable.

EL ARCHIPIELAGO
La gran isla continente de Hanan al norte y su gemela Hurin al sur gobiernan un archipiélago de más de un centenar de islas de tamaños y formas diversas cuya superficie de oscura roca ígnea está tapizada de verde frondosidad. 

Las dos grandes islas abrazan el Quchanchik, el pequeño mar, el mar de la tranquilidad, el mar de los pueblos civilizados. De aguas oscuras y mareas imperceptibles reposa en calma y ofrece sus frutos a los habitantes de las riberas. El Quchanchik se abre a poniente a través de un estrecho salpicado de islotes rocosos y abruptos, mientras sostiene en su extremo oriental a la ciudad sagrada de Chakapuma.

Chakapuma es la puerta al gran mar de levante, el camino perdido al paraíso del Gran Paitití cuyo rastro puede seguirse saltando de isla en isla a través de las Chakapwasiwarana, las columnas del puente. Cuanta la leyenda que estas islas son lo que queda del gran puente al paraíso que otrora se levantara magnifico sobre el mar de poniente. Cuando la ira de Inti acabó con él las Chakapwasiwarana permanecieron como testigo mudo de su antiguo pasado, marcando el lugar en el que las columnas que sustentaron la magnífica obra divina se encontraban. Hoy estas islas son el hogar de los furiosos chutu waqracha que guardan con celo cada una de ellas.

HANAN
La mayor de las dos islas continente de Karuchaqana es sin duda Hanan. Situada al norte del Quchanchik es el hogar de  las reinas sikimira y de sus imperios. La costa oriental de Hanan es árida y pedregosa, una franja de terreno angosta encajonada entre el mar y las faldas  de  las imponentes cimas de la cordillera del Anti cuya sombra sume en la oscuridad todo el territorio al atardecer.

La costa de levante es la tierra de los antiguos señoríos de Ñawpa, de las muchas reinas y sus cientos de familias que se unen y separan, guerrean y comparten desde antes de la gran oscuridad pues ellos fueron los primeros en llegar a Hanan cuando el mundo era joven, el gran puente seguía en pie e Inti compartía su paraíso con todos sus hijos.

Desde el mar de levante, al igual que desde las orillas del Quchanchik, donde moran los herederos de la luna, las laderas de fuerte pendiente ascienden rápidamente dibujando estrechos valles boscosos entre una y otra hasta alcanzar la estepa del altiplano de Kolla cuya superficie  está salpicada de lagos y lagunas. Los valles y laderas del Anti acogen un número sinfín de comunidades sikimira pero desde la última Rit'ijina los Hijos de la Primera Esposa del Sol han sometido a la mayoría. La reina Warmi cuenta entre sus hijos a la mayor parte de los habitantes del Anti e incluso a algunos de los valles que se precipitan sobre el mar. Es una tierra rica pero compleja que el esfuerzo denodado de los sikimira lucha por domar.

Más allá del Anti y los llanos del Kolla la costa occidental de se enrosca en un enorme caldero alrededor del gran río verde cuyos brazos trazan senderos a través de la espesura de la selva. Las tierras salvajes de poniente han visto pocos grandes reinos nacer y a casi todos ellos morir. Aquellos que todavía habitan la jungla y navegan el gran río verde viven una vida discreta, de espaldas a la civilización. Sikimira, pallaysu y thamaykachay por igual padecen los rigores de Entom y los peligros de la selva.

HURIN
La hermana menor de Hanan, la isla del sur es igualmente abrupta y accidentada. A lo largo de la costa de levante el brazo sur del Anti se levanta como una espina bífida cuya cabeza se precipita de forma violenta sobre el istmo que sostiene a la ciudad sagrada de Chakapuma. Hurin da refugio a una población menor que su gemela del norte pues los peligros que en ella acecha la convierten en un lugar mortal. Los kumihin han construido sus comunidades a caballo de los dos baluartes que el brazo sur del Anti conforma ocupando valles y mesetas por igual, siempre con los ojos puestos en el este esperando la llamada del Dios sol para regresar al paraíso.

Las tierras salvajes que desde la orilla sur del Quchanchik hasta las faldas occidentales de la cordillera se extienden no tienen amo ni dueño ni nadie que las deseé. En ellas se esconden los espíritus oscuros de los pecadores, de los que traicionaron a Inti y despertaron su ira. Almas en pena que no conocen la civilización. Huestes de barbaros que no merecen el calor que el Dios Sol les ofrece.

EL PASO DEL TIEMPO
La historia de Karuchaqana tiene un principio pero no tiene final. Cuando el puente hacía el paraíso cayó y la ira de Inti se desató sobrevinieron mil generaciones de oscuridad y dolor. Fueron los días sin sol, días de duelo, muerte y penurias. La primera Rit'ijina, la estación blanca, el color de la muerte.

Solo tras esta penitencia el Dios Sol regreso para observar a sus hijos desde el firmamento y acariciarlos con su calor. Desde entonces la historia se ha repetido innumerables veces en ciclos interminables. A cada Rit'ijina le sigue su Anqa, la estación azul, durante la cual la vida florece de nuevo. Los que han sobrevivido al castigo divino recuperan sus fuerzas, los imperios que han sobrevivido despiertan al mundo y se lanzan a su conquista aprovechando el vacío que los que han perecido han dejado. Son tiempos de buenos presagios en las que los enjambres asolan la tierra que renace.

Treinta y seis generaciones después llega la estación de la abundancia, la Qumir, la estación verde. Karuchaqana florece en todo su esplendor y se presta a ser domesticada. Es la hora de las grandes reinas, de los imperios que arrinconan a los menos dotados. Es el momento en el que la civilización impone su orden que extenderá por otras tantas generaciones durante la Paru, la estación dorada.

Es entonces cuando el Dios Sol se retira de nuevo y poco a poco la Puka se abre paso. La estación roja anticipa los males que están por venir. La tierra se apaga junto con el sol, la carestía empuja a la guerra y esta a la muerte. De forma inexorable el mundo avanza hacía una nueva oscuridad, la estación morada, la Kulli en la que la vida se extingue poco a poco, los señores caen, los imperios se desmoronan y sobre sus restos danzan los merodeadores. Es solo el anticipo de la nueva Rit'ijina que traerá el frío y la nieve y pondrá de nuevo en suspenso al archipiélago hasta que Inti regrese de nuevo a dar otra oportunidad a sus hijos para iniciar un nuevo ciclo.

Los sacerdotes del Dios Sol cuentan los doscientos setenta y nueve mil novecientos treinta y seis días que  dura cada una de las seis estaciones. Cada uno con su amanecer y puesta de sol. Treinta y seis generaciones por cada estación, treinta y seis años vividos por cada generación, seis meses cada año y treinta y seis días cada mes.

Los sacerdotes cuentan también las cuarenta y seis mil seiscientas cincuenta y seis veces que late un corazón sikimira en un día. Mil doscientas noventa y seis veces cada una de las treinta y seis horas del día,  treinta y seis veces  cada uno de los treinta y seis  minuto de cada hora porque los sikimira son la medida del mundo, los hijos verdaderos de Inti, los fieles y únicos merecedores del paraíso.